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Cuál
es la risa leve cubierta de espuma
Que anuncia el amor
Cuál la túnica desvanecida que oculta
Los lentos puñales ciegos del amor
Cual el momento en el cual aparece indudable
Benévolo golpe de sangre sobre la arboleda
Y los trozos de un cuerpo en estado de putrefacción
Aún se hacen visibles sobre la muralla de mármol.
***
Un
hombre se inclina sobre el cuerpo desnudo de una mujer
Y lentamente extiende con la lengua sobre él
Un líquido rosado
El cuerpo queda todo húmedo brillante y encendido
Luego con los dientes hace aquí y allá
El signo el amor
Pequeños puntos blancos que adornan la piel oscura
La mujer cierra los ojos dilata las narices
A veces a pesar suyo un suspiro entreabre sus labios.
***
Una
representación hermosa del amor
Debería volver siempre sobre sí misma
Una y otra vez y otra vez
Y así indefinidamente
Deberían repertirse exactamente
Los mismos gestos
Los mismos movimientos
El mismo ruido de besos
Las mismas ondulaciones
De modo que la reproducción cinematográfica
Sumamente acelerada
De todos estos coitos sucesivos
En pequeños rectángulos situados
Encima de las mesas y sobre las paredes
Pudiera servir de instrumento regulador
De la marcha del tiempo
Y ser denomidado
Reloj de amor.
***
Se
mece suavemente al viento
La mujer que ha brotado blanca y desnuda
En la copa del ciprés
Con una pequeña corona de oro sobre la cabeza
Y encima de la corona un ojo de piedra verde
Que mira fijamente.
***
POEMA
Tal vez
nada
pueda compararse
a hacer el amor
en un lecho
de salsa de tomate,
si no es hacerlo en uno
de trozos menudos
de carne de res
recién sacrificada.
***
AMOR
ETERNO
Da
miedo, a veces, encontrarse con que el
camino cae a pico y que hay que bajar agarrándose con
las uñas de las rocas. En esta circunstancia, no se puede
sino aconsejar que a cien metros del suelo se suelten las
manos. La caída es deliciosa: el cuerpo se ha hecho per-
meable; lo atraviesan flores, hojas aromáticas; riachuelos,
algas, espuma del mar, hilos de lluvia, cabellos de mujer,
copos de nieve. Estos, al fin, se solidifican a su alrede-
dor, para luego estallar tal una granada arrojada con vio-
lencia al rostro de la mujer amada, que aparece sonriente
tras las trayectorias vertiginosas de los granos rojos.
***
EL
SUEÑO
Los
gérmenes poéticos del sueño resultaron
ser, no como los pobres profesores, los mezquinos
críticos realistas trataron de hacernos creer, un nue-
vo paraíso inalcanzable, un espejismo, sino los gér-
menes nocivos y actuante, los útiles reactivos para
corroer la infame realidad. El sueño no es un refu-
gio sino un arma.
Los malos instintos de libertad danzan su
ronda diabólica. ¡ Fuera la conformidad, la resigna-
ción, la medianía ! . En su esputo negro ahóguense
los bellacos, los explotadores, los que aprovechan la
miseria de los más, y la maldita clerigalla, y el abo-
minable espíritu religioso, y los fantasmas cristianos,
y los mitos del capital, y la familia burguesa , y la
patria infamante.
La libertad del hombre, es decir, el sueño
acuñado en la realidad, la poesía hablando por
la
boca de todos y realizándose, concreta y palpable,
en los actos de todos.
***
BALANZA
EXACTA
Un
mar parecido a una luna doble de almacén
se ha interpuesto en el camino. Un puño levanta la her-
mosa joya: un corazón pequeño lleno de tatuajes
y con
algunas gotas de sangre todavía en algunos sitios. Entre
los tatuajes sobresale el de un hermoso rostro de mujer
que no se está quieto un instante; sonríe o llora,
se lleva
un dedo a los labios para imponer silencio o cierra los ojos
para dejar pasar hermosos sueños que se transparentan
a
través de los párpados. Al otro extremo de la
luna, una
barca atraviesa lentamente el horizonte a la velocidad re-
ducida de la hormiga proyectada a la distancia.
En me-
dio de la embarcación, una guillotina se tiene de pie.
Nadie más ocupa el bote que dos carneros que a los ex-
tremos balan desesperadamente. Parecen la imagen del
amor o de la vida que llega a su término. A instantes,
detrás de la guillotina, un resplandor súbito
ilumina la
escena, el mar infinito. Se ven, entonces, unas pequeñas
gotas de sangre en la cuchilla de la guillotina y enci-
ma de ella un letrero que dice: dos arañas entrelazadas.
Cuando la oscuridad es completa, siempre queda la barca
visible, iluminada por la luz rosa de un reflector de tea-
tro. Allí de debajo la barca aparece la hermosa mujer
que se ha abierto camino jalando de sus cabellos como de
un potro indomable y que tiene casi la mitad de su cuer-
po cubierto de escamas tornasoladas y la otra mitad de
estrellas de mar y sobre cada uno de los senos un inmenso
rubí del tamaño de una cabeza
de paloma. Los ojos son
los que más llaman la atención; son pequeños
espejos cir-
culares. Uno sabe que son espejos, sin embargo, al mi-
rarse en ellos, ve un paisaje distinto según la hora
o la
persona. Si es una niña de diez años quien se
acerca,
descubrirá una pradera verde en la cual inmensos surtido-
res rojos brotan por todas partes, y la niña bajará
los ojos
como si la hubieran violado. En cambio, el anciano tie-
ne otras probabilidades: un río enroscándose alrededor
de
un pino gigante y estrangulándolo lenta y gozosamente.
Acaso dos personas se asoman al mismo tiempo a los ojos :
en uno tiene lugar un asesinato, en otro suben al tálamo
nupcial un hombre y una mujer.
***
DETRAS
DEL TELON
Una
pared formada exclusivamente de hormi-
gas en continuo movimiento, es el más hermoso telón
pa-
ra levantar delante de una escena de canibalismo o de otra
perversión sexual. En la vida actual, al menos teórica-
mente, se pretende poder establecer la regularidad de
cualquier acontecimiento o persona, conformidad, su «de-
cencia», si no por axiomas matemáticos, al menos
postu-
lados de «orden» o «valor», es decir abstraccciones
morales
perfectamente interesadas en imponer una división de
la
realidad, en establecer categorías y en desterrar de
la exis-
tencia, y creyendo conseguirlo, todo aquello que late con
un pulso de vida un poco mayor que el que puede sopor-
tar una anciana hurgándose cuidadosamente los órganos
se-
xuales (por ejemplo, el llamarla solamente con su nombre muy
despacio y añadir inocentemente, qué haces?, sin
duda bas-
taría para provocarle la muerte). Aquello no puede ser,
aquello no debe ser, exclama el padre corpulento y sanguíneo,
levantando al cielo los mostachos cubiertos de mostaza y
los puños enharinados, el descubrir a su pequeño
retoño
aspirando con sus delgadas narices y vibrando con minús-
culas convulsiones, el goce solitario y lleno de fantasmas.
Pero nada se oculta más cuidadosamente que una derrota
moral, y aunque aquellas imágenes interdictas toman su
revancha clamorosa en el mundo de los sueños, aunque
supreticiamente jalan de los pies al honorable funcionario que
baja majestuoso o modesto la empinada o descansada escalera,
y después del estrépito aparece abajo, quejumbroso,
pidiendo
perdón: aunque de pronto aparezcan a la luz del día
o a la
luz de los faroles en la noche, como cuando en una esquina
bajo la lluvia, en un suburbio solitario, un hombre ve bajar
del tranvía que acaba de detenerse, una mujer increíblemen-
te bella y que le sonríe ajustándose la liga muy
alto en la
pierna de inaudita seducción - apesar de todo esto, oficial-
mente no se quiere reconocer la existencia de tantos maravi-
llosos fenómenos del mundo de la realidad. Habría
que
ver hasta qué punto se puede establecer una separación
exacta entre la vida de todos los días y la vida fantástica,
también de todos los días, y entre la vida gris
y los objetos
grises que la llenan y que casi no distinguimos, y aquella
otra que de golpe aparece, donde las cosas, hasta las más
minúsculas, tienen forma y color propios y distintos
y esplen-
dorosos, y todo simplemente porque por azar unos ojos
encontraron los nuestros. Habría más bien que
hablar de la
corriente subterránea que estalla en la superficie (la
conjun-
ción de lo subjetivo y lo objetivo), o que referirse
a la
leyenda de lo ya visto, de lo reconocido. La familia, la
escuela, la religión, la sociedad, han intentado cerrar
las
puertas a aquellos deseos que ni aún pueden nombrarse,
pero
el niño se entretiene en un delicioso problema: junta
a sus
hermanos por parejas, él se casará con su hermana,
y su
otra hermana con su otra hermana, porque no hay otro
hombre entre los hermanos, aunque este detalle, naturalmen-
te, no tiene gran importancia; porque porqué no se han
de ca-
sar dos hermanas? y quién puede impedir que alguien,
en
el restaurante o en la sala de espera, descubra la mirada de
esa muchacha que voluptuosamente se pasa la lengua por
los labios y repite una y otra vez, a una velocidad imper-
ceptiblemente retardada, el movimiento circular? Y los que
saben de la hermosa contradicción lógica contenida
en las
perversiones sexuales- yo propondría colocar una bella
reproducción fotográfica del número 69,
en lugar de la ima-
gen del Corazón de Jesús, en todos los hogares,
como ejemplo
gráfico de la superación dialéctica de
la contradicción logíca-
sonríen al recordar las leyes de la naturaleza que les
en-
señaron en la escuela y sonríen también
al recordar la mirada
mucosa, que realmente parecía salir más bien de
la nariz y
no de los ojos, del cura que agitaba sus orejas de elefante
oyéndoles acursarse tímidamenne de «malos
pensamientos».
Según una nueva leyenda, Pigmalión absorbió
totalmente la
hermosa estatua que le obsesionaba. Por otra parte, quién
sabe de la fuerza que impulsa los pasos de un hombre? pre-
gunto si alguien lealmente cree las «razones» que
se quieren
dar como determinantes del suicidio del cualquiera, si la ma-
dre pega al hijo exclusivamente con el objeto de corregirlo
y
si este acto no tiene una lejana semejanza o analogía
con la
del amante que llora mientras acaricia suavemente con la len-
gua el rostro del objeto amado y al mismo tiempo hunde
bárbaramente las uñas en las carnes delicadas.
Yo por mi
parte, siempre me había admirado del poder de seducción
que
poseen los increíbles chillidos de los cantantes de ópera,
has-
ta que descubrí que se trataba de la reproducción
vocal per-
fecta de las sensaciones dolorosamente gozosas que se expe-
rimentan durante el acto sexual.
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